Subido al aguacero, me libero del martirio de esconder mi locura. La primavera no lo acepta, se adelanta, y otra vez no me espera. Dicen que cuando te alcanza ya no se suelta, se aferra como yo me aferro al escapulario celestial que dilata el mar. Pero las ataduras de la razón me pesan más que la ausencia de la primavera.
Pagando el precio de pertenecer, al que consideran “bando vencido”, me interno en el océano y solo me guio por el albatros que forman mis manos. Ocultando la faz impregnada de diamantes de sal, asumo el temor de exponer esa debilidad. El ingrávido temblor o el espasmo antes dormir, me señalan que supuran las palabras. Le gano otra vuelta al tiempo y hago caso omiso al sueño.
Confieso, se mas de lo que quisiera saber sobre las madrugadas, pero acepto la pena de no ser lo ideal, la cobardía de llorar cuando nadie me ve, y la satisfacción de ser el delirante que soy.
Francisco Fariña
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